Me
dijo:
- "Un
momento irrazonable puede llegar a ser nuestro mejor momento"
Y yo
solo pude pensar en la rutina regulada, lo que nos paraliza día con día y nos
hace envolvernos en las mismas cosas, en esa monotonía absurda que se burla a
carcajadas de nosotros. Y hay días en los que parece que se nos arrebata todo
para recuperarlo después, cuando la ciudad está en calma. Y en cuanto el ruido
ensordecedor nos aniquila lentamente el pensamiento, se nos arrebata de nuevo,
dejándonos otra vez con nada.
Sin
darnos cuenta tomamos y dejamos ir, regresándole al viento el poder de
liberarnos de esas cadenas que gobiernan nuestros deseos más superficiales. Lo
mejor de todo es que también se nos enseña a liberarnos de las máscaras que
esconden el placer, vamos logrando comprender algunas de las lecciones que se
ocultan detrás de un corazón enfermo y distraído. Aprendemos que la perspicacia
con la que exploramos el Universo nos da la capacidad de navegar entre la
niebla y la oscuridad. Todo resulta ser una revelación de nosotros mismos
reflejada en las miradas de los demás, en las palabras que otras bocas
murmuran, en los pasos cansados que se caminan con zapatos ajenos, en los
arranques de pasión que explotan las ganas de arrancarnos la ropa, y nos
incitan a recorrer nuestros cuerpos entrelazados y desnudos hasta poseernos el
alma herida y arrepentida, arrepentida de haber perdido tanto por no querer ver
la realidad tal y como es.
Nos
aferramos a ver el mundo como queremos que sea aún cuando sabemos que es un
error; y es aquí donde una vez más compruebo cómo es que a pesar de intentar
vivir separada de esas emociones que gobiernan mis ganas, mi placer, mis vagas
ilusiones, mis deseos, mis caminos recorridos, mis sonrisas obligadas y mi
tiempo detenido; me obligan a entender que todo lo exterior es tan solo una
mera expresión de lo que se oculta en nuestros rincones más escondidos del
alma.