martes, 8 de abril de 2014

Alturas Inimaginables

Me he guardado letras debajo de la manga esperando que el azar venga a hacer de ellas obras infinitas de versos, no ha pasado nada, ¿Sabes?

Ya van dos noches que despierto varias veces con el corazón acelerado y mi respiración agitada, entonces intento descifrar la oscuridad y cierro los ojos pensando que ya no hay vuelta atrás. Siento un hueco en el tiempo, en el espacio en donde deposito las sonrisas que una vez me alimentaron, todo es tan raro. Tan raro.

Y es que en la medida en la que intento traducir los sentimientos son ellos los que me desconocen, me hablan de historias que he dejado de escuchar, me dicen que debo seguir con lo que tengo y cuando volteo a ver la palma de mis manos, las encuentro vacías y llenas de viejas heridas. Supongo que en eso consiste todo, supongo que la brisa de la noche antes que llegue el verano sabe a eso, a juicios prudentes, a sabiduría solitaria.

Soy firme, sí, pero también soy honesta y debo admitir que cada que camino para olvidarme del mundo me detengo a observar ese aro de luz que se forma alrededor de la Luna cuando nadie la ve, cuando nadie nos ve. Y entonces empiezo por confesar que he dejado de fumar (por cuarta o quinta vez) y parece que esta vez si va en serio, que a veces tomo café por las mañanas o a media tarde y la hora viene dando lo mismo; confieso que dejé de escuchar esas mismas canciones y ahora voy en el coche cantando con esos grupos que apenas conozco y que también hablan de mi.

Confieso que he vuelto y no precisamente porque pude viajar unos cuantos meses en el tiempo. Pasa, que hay ocasiones en la vida en las que regresar viene siendo un infinitivo sin límite de conjugación, eso que uno llama volver es retomar lo pausado y hacerlo vivir en otro tiempo, con otras voces, en otros cuerpos, en el mismo. Da igual. Retomar. Recuperar. Ser sin dejar de ser, ¿Me explico? (Y si no, también da igual).

Anoche abrí los ojos y el reloj marcaba las cuatro con veinte minutos, quise contener la respiración por que aquello que me había hecho despertar había sido una especie de gruñido que tal vez salió de mi pecho, como un tigre de bengala refunfuñando porque no se siente en libertad. No sabía si en realidad estaba soñando todavía o ya volvía a la realidad, prendí una luz y alcancé a iluminar lo suficiente para darme cuenta que todo estaba bajo control. Entre pestañeos vi un par de mensajes, alguien me proponía dejar olvidado uno de mis libros favoritos para que alguien más lo encontrara... Cosa del destino y de esa costumbre de la gente de ponerle 'día de...' a todo lo que existe. Entonces me quedo pensando, en realidad no es una mala idea; a veces cuesta más despegarnos de algo/alguien que creímos nuestro (perspectivas), y entonces todo se viene abajo. El sentimiento de impotencia que ofrece la distancia como esos señores en los cruceros vendiendo cacahuates, sí, todo parece tan fácil. Y en realidad, no sólo es cuestión de distancia geográfica, también es cosa del tiempo, de la distancia emocional, de las historias torcidas, de las palabras poco asertivas, de las situaciones confusas, los malentendidos enredados, las terceras, cuartas, séptimas personas.

Expectativas rotas.

Tan humanas como perfectas.

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