Me he
guardado letras debajo de la manga esperando que el azar venga a hacer de ellas
obras infinitas de versos, no ha pasado nada, ¿Sabes?
Ya van
dos noches que despierto varias veces con el corazón acelerado y mi respiración
agitada, entonces intento descifrar la oscuridad y cierro los ojos pensando que
ya no hay vuelta atrás. Siento un hueco en el tiempo, en el espacio en donde
deposito las sonrisas que una vez me alimentaron, todo es tan raro. Tan raro.
Y es
que en la medida en la que intento traducir los sentimientos son ellos los que
me desconocen, me hablan de historias que he dejado de escuchar, me dicen que
debo seguir con lo que tengo y cuando volteo a ver la palma de mis manos, las
encuentro vacías y llenas de viejas heridas. Supongo que en eso consiste todo,
supongo que la brisa de la noche antes que llegue el verano sabe a eso, a
juicios prudentes, a sabiduría solitaria.
Soy
firme, sí, pero también soy honesta y debo admitir que cada que camino para
olvidarme del mundo me detengo a observar ese aro de luz que se forma alrededor
de la Luna cuando nadie la ve, cuando nadie nos ve. Y entonces empiezo por
confesar que he dejado de fumar (por cuarta o quinta vez) y parece que esta vez
si va en serio, que a veces tomo café por las mañanas o a media tarde y la hora
viene dando lo mismo; confieso que dejé de escuchar esas mismas canciones y
ahora voy en el coche cantando con esos grupos que apenas conozco y que también
hablan de mi.
Confieso
que he vuelto y no precisamente porque pude viajar unos cuantos meses en el
tiempo. Pasa, que hay ocasiones en la vida en las que regresar viene siendo un
infinitivo sin límite de conjugación, eso que uno llama volver es retomar lo
pausado y hacerlo vivir en otro tiempo, con otras voces, en otros cuerpos, en
el mismo. Da igual. Retomar. Recuperar. Ser sin dejar de ser, ¿Me explico? (Y si
no, también da igual).
Anoche
abrí los ojos y el reloj marcaba las cuatro con veinte minutos, quise contener
la respiración por que aquello que me había hecho despertar había sido una
especie de gruñido que tal vez salió de mi pecho, como un tigre de bengala
refunfuñando porque no se siente en libertad. No sabía si en realidad estaba
soñando todavía o ya volvía a la realidad, prendí una luz y alcancé a iluminar
lo suficiente para darme cuenta que todo estaba bajo control. Entre pestañeos
vi un par de mensajes, alguien me proponía dejar olvidado uno de mis libros
favoritos para que alguien más lo encontrara... Cosa del destino y de esa
costumbre de la gente de ponerle 'día de...' a todo lo que existe. Entonces me
quedo pensando, en realidad no es una mala idea; a veces cuesta más despegarnos
de algo/alguien que creímos nuestro (perspectivas), y entonces todo se viene
abajo. El sentimiento de impotencia que ofrece la distancia como esos señores
en los cruceros vendiendo cacahuates, sí, todo parece tan fácil. Y en realidad,
no sólo es cuestión de distancia geográfica, también es cosa del tiempo, de la
distancia emocional, de las historias torcidas, de las palabras poco asertivas,
de las situaciones confusas, los malentendidos enredados, las terceras,
cuartas, séptimas personas.
Expectativas
rotas.