Últimamente
he preferido que mi vaso de whisky se haga infinito, he afinado más mis oídos,
pues parece ser más fácil que eso de tener que afinar la garganta; me llevo las
palabras que quieren salir y que se me quedan atoradas en la lengua, las
regreso al esófago y que se descompongan en el hígado a ver si dejan de volver.
La
tinta se me acabó desde hace un par de meses y las hojas en blanco sólo
rellenan silencios que aturden, mi teclado se averió y justo ahora me pregunto
qué demonios hago aquí destilando tanto sentimiento. El otro día iba publicar
una entrada, de esas que podría leer mil veces sin cansarme, y justo cuando la
iba a lanzar al campo de batalla todo se trabó, desde mis dedos hasta todo ese
montón de cables y cosas raras que se esconden debajo del teclado. No intenté
dos veces, y así me pasó otras cuantas hasta que decidí dejar de escribir.
No
pude.
Una vez
conocí a una mujer que me enseñó a ver el mundo de una forma distinta, me
gustaba la forma en la que se dejaba llevar, y sonreía a pesar de todo lo que
no iba de acuerdo a sus expectativas. Me cautivó su mirada, de esas que ya casi
ni existen, cuando empezó a quererme me dio por correr por el lado contrario.
Nunca me detuve a preguntarme porqué, siempre pensé que ese no era mi lugar.
Sólo caminé, y caminé... hasta que desaparecí.
Luego,
me enteré que conoció a otra mujer de la que se enamoró profundamente, y solo
pude sonreír desde muy lejos.
Qué
bonito es esto de amar a la persona que te ama.