Si
tomamos el sistema familiar como una institución moral en la que se vinculan
los conocimientos iniciales con las experiencias futuras podemos entender
entonces la realidad de una vida equilibrada o desequilibrada. Desmontando las
ideas fatalistas de un conjunto de creencias que se van complementando con el
tiempo y los acontecimientos personales posteriores al nacimiento, comprendemos
entonces la naturaleza de los actos propios como mecanismo de supervivencia en
la selva fraudulenta en la que vivimos día con día.
Tal vez
sea ilógico pensar en la importancia del vínculo interpersonal que se crea en
una sociedad transgredida en la que el paso efímero de cada uno de nosotros nos
somete al instinto de conservación personal, y en medio de toda esa polémica
basada en espejismos políticos y sociales nos atrevemos a criticar desde el público
de una corrida de toros, cómo es que el torero no se atreve así tan fácil a
agarrar al toro por los cuernos. Y todo cambia cuando el torero resulta ser uno
mismo, montándose un show teatral en el que el público ajeno sigue criticando
dicha actividad sin el más mínimo remordimiento, juzgando una situación en la
que tarde o temprano cada miembro del público se verá obligado a estar.
Entonces
el vínculo que se ha creado tarde o temprano desaparece, llevándose consigo una
experiencia más que compone las notas musicales del soundtrack de
nuestra vida. Y qué fácil es eso de navegar con bandera de idiota y creer que
todo lo que se ve es tal y como lo pinta la publicidad. Se cae en las trampas
del consumismo maquillado, del valor monetario robado o adquirido, de la
inversión personal que se otorga a cada una de las personas que aparecen en
nuestra historia y nos dejan algo más que su mera estancia en el recibidor de
nuestra vida. Nadie sabe para quién trabaja. Nadie sabe qué fue lo que dejó en
la vida del otro, qué palabras se quedaron, qué palabras volaron con el viento,
qué tinta indeleble marcó la historia de ese alguien más. Amamos sin saber
porqué, nos entregamos, nos privamos, nos rompemos y nos volvemos a armar. Y
con cada vuelta de la Tierra, desde que sale el Sol hasta que se vuelve a
meter, seguimos caminando en una senda llena de obstáculos que tal vez en su
momento no supimos cómo esquivar hasta que los tuvimos en nuestras narices, y
nos damos cuenta que entonces nada es lo que parece. Y a veces hasta resulta
mucho mejor de lo que llegamos a pensar.
Tal vez
en este camino en el que me encuentro no he logrado descifrar todas las razones
que me han hecho conocer los más oscuros rincones y los más bellos paisajes del
mundo. Pero fuera de un Universo paralelo en el que los días dejan de ser días
y las horas pasan derritiéndose como la mantequilla en el pan del desayuno,
encuentro respuestas de preguntas que me hice alguna vez, entiendo las razones
de todas esas actitudes que algunas personas han tenido y en su momento no pude
entender, por falta de experiencia, por ceguera amorosa, por idealización
futura o por expectativas rotas. No sé. Pero he ido colocando las piezas
correspondientes en el rompecabezas de mi vida.
Porque
sí, sigo pensando que hay piezas que encajan a la primera y muchas otras que
solo intentan encajar cuando saben que nunca serán de mi talla.
Y
volvemos a la idea inicial.
¿Qué
tantas puertas debemos abrir? ¿Qué otras debemos cerrar? ¿A quién dejamos entrar? ¿A quién preferimos dejar de ver, de querer, de olvidar, de extrañar?
Y el
mundo sigue girando una y otra vez. Sin detenerse a tomar un café conmigo para
responderme tantas preguntas. Pero bueno, supongo que eso también depende de
cada uno, seguir navegando con los ojos parchados o romper las cadenas que nos
atan al sótano de nuestros miedos, agarrar al toro por los cuernos sin juzgar
las historias que cada uno traemos cargando desde mucho antes de nacer y hacer
de ellas el repertorio perfecto que nos ayude a conocer cada línea que se dibuja
en las palmas de nuestras manos.