Come walk with me.
Así
empieza. Yo desvío miradas y sonrisas y caricias. Que nada me toque.
Tengo
dos calendarios en la pared de mi habitación, uno con mi nombre y otro con el
suyo. Resulta que a partir del mismo día se van contando las mismas horas, al
mismo ritmo. Yo no sé si es un truco más. Tampoco insisto en descubrir ese
secreto. Tal vez son gotas de lluvia las que se escuchan cuando caen y tocan el
suelo, tal vez es el sonido de un xilófono viejo que sabe más notas musicales
que cualquier individuo sobre la tierra. Se descubre a si mismo, acompañado de
sonidos naturales que desvisten realidades ajenas, donde nadie se cuestiona las
razones y donde el mundo se hace.
Debo
dejar volar las ideas que me absorben las ganas, y a veces solo con cerrar los
ojos descubro que se puede empezar por controlar la respiración y luego ya
pensar en todo lo demás, esas ideas que se van clarificando así, poco a poco
para siempre. Retumban en todas las paredes que cubren mis deseos, se
transforman en aire y se vuelven densas cuando quiero acariciarlas. No me
detengo, sigo navegando al ritmo del piano y esa ráfaga de viento templado que
me sigue hacia donde vaya.
Entonces
entiendo todo, sé de lo que ella habla cuando no la veo a los ojos, sé lo que
siente cuando no toca mis manos, cuando sus labios se desenredan solitarios
entre las ideas mágicas de mi pensamiento irracional, nunca es suficiente. No.
El tiempo, el silencio, el ruido, la música, sus musas, las mías, los miedos,
los enredos esporádicos de las dudas. Nada es suficiente cuando se compara con
todo lo demás que solo se escucha si pones atención a lo que hay detrás de un
grupo de melodías, y aún así no es suficiente. Sigue siendo mucho más.
Me
aturdo con esos cambios y adelanto la escena, ahí estoy, en ese lago al que
siempre quise ir, en el que nado cuando puedo, como puedo, donde puedo. Sola y
con ella. A veces la abrazo, a veces sólo sonrío, a veces las sonrisas me
delatan, y delatan estas sensaciones de vínculos internos que se crean desde
que empieza a recorrerme de pies a cabeza. Un paseo por el bosque, sí, eso es.
Todos los días, a todas horas.
Ahí
donde todo se renueva y el agua que corre nunca es la misma. Siempre es mejor.
Dejo
espacio suficiente para que quepan más silencios. Porque todavía se necesitan.
No hay horario, no hay ninguna señal que me haga identificar este espacio en el
futuro. Sólo se vive una vez. Como cada vez. Una vez y otra y luego otra. Pero
siempre siguiendo una dirección. La nuestra.
Por
cada duda, cada sentimiento encontrado y cada emoción que viene a perturbar la
estancia pacífica de nuestros cuerpos, tomo una piedra y la lanzo al fondo
infinito del mar. Que se pierda, que se deshaga, que se transforme en alimento
y ese alimento en energía que nos deje seguir. Que evolucione conmigo y yo con
ella.
Que
llueva lo necesario. Que nos hidratemos lo necesario.
Combinaciones
perfectas.
Una
vida que me gusta compartir con ella.
Sequence.
Que
siga.