miércoles, 18 de septiembre de 2013

Corazón cobarde

Nada tiene sentido.

Ni el sonido de los grillos necios que casi a gritos me preguntan por ti, ni las gotas de lluvia que se esconden entre las hojas de mi jardín, ni el aire fresco que dejo entrar a mi habitación porque hay encierros que asfixian, que mutilan, que absorben, que me hacen desaparecer.

Si pusiera un poco de atención, tal vez pueda escuchar tu nombre, recordar el sabor de tus besos a medio día, a media tarde, a media noche. Tal vez pueda recordar el olor de tu piel, el perfume que dejas en tu almohada, la silueta que dibujas en la cama, el sabor de tus silencios y el olor de tus miedos al verme partir. Incluso recuerde las palabras que abrieron las puertas de mi vida y te dejaron entrar. 

Si pusiera un poco de atención escucharía tu nombre a todas horas en todos lados, confundiría tu risa con los rayos del Sol por la mañana, mi piel se estremecería con el vapor de las nubes cuando bajan preguntando por tí... y mi voz, bueno, mi voz ya no me deja nombrarte. 

Mis manos me cierran las puertas del recuerdo y me quedo afuera, viendo desde la ventana cómo me acurruco entre tus piernas frente a la chimenea, pensando que no hay mejor lugar que aquél donde yo esté junto a ti. 

Pero qué importa ya.

Ya no sé cómo es eso de pensarte todo el día ni de querer que pase rápido el tiempo para verte otra vez. He olvidado cómo quererte, cómo sentir esa tranquilidad por dentro cuando de lejos te veo sonreír. Ya no me acuerdo del timbre de tu voz, del brillo de tus ojos ni de tu música favorita. Ya no me se el camino del pasillo a tu habitación ni el color de tus tenis viejos. Se me borró del calendario el día que te conocí, nuestro primer beso, el último, tu cumpleaños... y toda esa pila enorme de las buenas razones que tuve junto a ti.


He olvidado todo.

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