Nada
tiene sentido.
Ni el
sonido de los grillos necios que casi a gritos me preguntan por ti, ni las
gotas de lluvia que se esconden entre las hojas de mi jardín, ni el aire fresco
que dejo entrar a mi habitación porque hay encierros que asfixian, que mutilan,
que absorben, que me hacen desaparecer.
Si
pusiera un poco de atención, tal vez pueda escuchar tu nombre, recordar el
sabor de tus besos a medio día, a media tarde, a media noche. Tal vez pueda
recordar el olor de tu piel, el perfume que dejas en tu almohada, la silueta
que dibujas en la cama, el sabor de tus silencios y el olor de tus miedos al
verme partir. Incluso recuerde las palabras que abrieron las puertas de mi vida
y te dejaron entrar.
Si
pusiera un poco de atención escucharía tu nombre a todas horas en todos lados,
confundiría tu risa con los rayos del Sol por la mañana, mi piel se
estremecería con el vapor de las nubes cuando bajan preguntando por tí... y mi
voz, bueno, mi voz ya no me deja nombrarte.
Mis
manos me cierran las puertas del recuerdo y me quedo afuera, viendo desde la
ventana cómo me acurruco entre tus piernas frente a la chimenea, pensando que
no hay mejor lugar que aquél donde yo esté junto a ti.
Pero
qué importa ya.
Ya no
sé cómo es eso de pensarte todo el día ni de querer que pase rápido el tiempo
para verte otra vez. He olvidado cómo quererte, cómo sentir esa tranquilidad
por dentro cuando de lejos te veo sonreír. Ya no me acuerdo del timbre de tu
voz, del brillo de tus ojos ni de tu música favorita. Ya no me se el camino del
pasillo a tu habitación ni el color de tus tenis viejos. Se me borró del
calendario el día que te conocí, nuestro primer beso, el último, tu
cumpleaños... y toda esa pila enorme de las buenas razones que tuve junto a ti.
He
olvidado todo.
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