Dedicada a una de esas historias descabelladas,
porque dos cervezas y una limonada inspiran arte.
Ccp. S.M.
He escuchado discursos con las
palabras más revueltas que el cabello de Gloria Trevi en el 93’, he visto la
creación de cualquier excusa en la ocasión imperfecta para aplastar la
coherencia intelectual que motiva a la evolución; es como girar en sentido
contrario mientras el mundo sigue su propio eje, me provocan náuseas
indescriptibles y tan volátiles como el aguarrás. Un día se coronan como
representantes de la sección del clima y aparecen en escena con las piernas
largas y el pecho más inflado que la disminución del poder adquisitivo de la
moneda, será su propia privación o una libertad con límites imprudentes. No sé.
Después, la misma sección del clima hace que se envuelvan entre la niebla y
llegue el invierno a taparles los defectos con las narices rojas fingiendo una
gripe tremenda que cautiva al más escéptico de los gorilas.
Y ahí estoy, observando con una
media sonrisa la forma en la que se colorea el cielo de rosa en su mirada,
empiezan a brotar de la espalda unas alas en forma de leones enjaulados, pero
que de cualquier forma sirven también para volar. He sido partícipe, lo
confieso. Me he dejado llevar con la marea descarada con la que defienden la
bondad humana con una Parabellum de 9mm entre la ropa interior y los jeans rotos.
Y yo sigo fingiendo mi media sonrisa por aquello de la supervivencia emocional
injustificada.
No tengo idea de cuántas mitades se
deberían sumar para proporcionarles el todo que buscan, la vida puede ser muy
perra o… ¿Seremos nosotros los que no dejamos de ladrar?
Ni idea.
Es como la conjugación en plural de
la primera persona del singular incompleta. La única guerra que conozco fundamentada
en una justificación moral, es la de la incoherencia que va desparramando promesas
diluidas, la que va disolviendo dudas a besos, la que enreda entre dos lenguas las
palabras deshidratadas de mil piezas fragmentadas que tal vez ya han encontrado
su lugar en la vida. Es placer, es la sensación desmedida satisfactoriamente complementada
con el brillo de la lujuria en las pupilas. Es compasión ajena y deslices esporádicos,
con esa lencería que vuelve loco a cualquiera, una fiesta reservada cada noche a
media luz y la decisiva de dar por hecho que con un solo click todos necesitamos a alguien así en la vida.
Se ama en la pobreza y en la miseria,
con negritas y un margen desproporcionadamente justificado, se ama en medio de ataques
de ansiedad y en completa tranquilidad. Se ama en ocasiones haciéndole cosquillas
al fracaso por debajo de la mesa. Y ella, la chica que decía sentir sinapsis fibrilando
descontroladamente se encarga de hacer que el maquillaje haga milagros. No, no el
que usa sobre su piel sino el que enmascara todo lo demás.
Pero a ella, que no la toque ni el aire.
No vaya a ser que el mundo esta vez se acabe de verdad.
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